1968, no se olvida

Por: David López
La mecha encendida por los jóvenes del Barrio Latino de París corrió como la pólvora por todo el planeta en un año revolucionario, 1968, que vio cómo los jóvenes luchaban por romper los cimientos de la sociedad corrupta en lugares como Berlín, México, Chicago o Praga.
En 1968 había poco más de 40 millones de mexicanos, 80 millones no habían nacido. El sistema político estaba cerrado, había un partido hegemónico (PRI) y un Estado represor. Apenas estaba llegando a México la televisión de color, la revolución contra cultural, y en el mundo recién se empezaban a rebelar los jóvenes de la generación del baby boom.
El movimiento estudiantil que sacudió Francia en mayo del 68 fue la chispa que prendió la pradera. Fue un gran movimiento popular que orilló a De Gaulle a renunciar a su gobierno. La importancia de estas luchas libertarias fue tal que cuando se organizaron las grandes manifestaciones de Berlín (febrero), París (mayo), Chicago (agosto) o Londres y México (octubre), éstas llegaron a ser los mayores acontecimientos en la vida política de las naciones implicadas. En México se grita como consigna: “Dos de octubre no se olvida” para recordar aquel asesinato de estudiantes por el ejército al mando del Gobierno, el dos de octubre de 1968 en Tlatelolco, Ciudad de México. La realidad es que aquella tarde, durante media hora llovieron balas a diestra y siniestra (como si fuera una guerra) contra los miles de estudiantes y trabajadores que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas contra el Gobierno represor encabezado por Díaz Ordaz. Al Gobierno le importó un bledo que habían niños y ancianos acompañando a los jóvenes; miles corrieron como locos entre los altos edificios, otros tirarse al piso para evitar que una bala los atravesara. Hoy aquellos jóvenes tienen más o menos 60 años y son pocos los que han conservado su rebeldía porque el Estado, siempre hábil, tuvo la capacidad de absorber a muchos y simplemente mediatizar a otros para que olviden aquella “rebeldía juvenil”.
Es importante subrayar y recordar que el año de 1968 fue de rebeldía en todo el mundo, no solamente en México. Tampoco fue sólo 1968, sino toda la década de los sesenta fue liberadora. No solo fue la lucha política en las calles, en las plazas y las escuelas, también fue (sobre todo) la batalla cultural de los jóvenes y las mujeres por romper contra la sociedad tradicional autoritaria y opresiva de los gobiernos, los empresarios, el clero, la familia, la escuela y el partido. La década de los sesenta fue una revolución cultural y política en los EEUU, en Francia, Alemania, Checoslovaquia y México; tanto en el mundo capitalista como al interior del llamado bloque socialista. Y en esa revolución fueron los jóvenes (los de la etapa más revolucionaria y transformadora de la vida) los que comenzaron a echar abajo el pensamiento y comportamiento viejo y tradicional. ¡Viva los hippies, los Beatles y los Rolling, la sicodelia, el amor libre, la libertad! Sartre y su existencialismo, el Che y su humanismo, China y su maoísmo, Bakunin y su anarquismo y el filósofo crítico Marcuse, se convirtieron en bandera de los jóvenes luchadores sociales de entonces. “Prohibido prohibir” significó la plena libertad que iba unida a la “conciencia de la necesidad” de Marx. Gritaban que había que hacer el amor y no la guerra y que con su guitarra, su pintura, su folklorismo y su rock, pensaban que podrían derrotar el capitalismo hipócrita y destructor de la humanidad. Si bien los acontecimientos políticos fueron los más difundidos, la revolución cultural fue la transformación real.
Hace 50 años la matanza de Tlatelolco puso los primeros escalones para que la izquierda mexicana con López Obrador al frente en este 2018, siente las bases de un gobierno comprometido con las libertades e igualdad de los mexicanos. (HASTA LA PRÓXIMA SDQ)

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