La Semana Santa

Por: David López

Para los cristianos la semana santa no es el recuerdo de un hecho histórico cualquiera, es la contemplación del amor de Dios que permite el sacrificio de su Hijo, el dolor de ver a Jesús crucificado, la esperanza de ver a Cristo que vuelve a la vida y el júbilo de su Resurrección. Recordemos que el verdadero sentido de celebración se llama; Jesucristo, que celebramos lo que fue la última semana de vida terrenal de Cristo. Ha terminado la cuaresma, el tiempo de conversión interior y de penitencia, ha llegado el momento de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Después de la entrada triunfal en Jerusalén, ahora nos toca asistir a la institución de la Eucaristía, orar junto al Señor en el Huerto de los Olivos y acompañarle por el doloroso camino que termina en la Cruz. Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. (Zacarías 9:9) Jesús a pesar de ser Dios dejó su trono en el cielo para convertirse en la persona más humilde y amorosa que jamás existió y vino a dar ejemplo y enseñanza de una nueva forma de vivir. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él, el pecado del mundo. (Isaías 53:5-6) Lo más importante que nuestro señor hizo por nosotros fue morir en nuestro lugar y derramar su sangre para perdonar todos nuestros pecados y resucitó al tercer día para gloria de la humanidad. La muerte de Cristo nos invita a morir también, no físicamente, sino a luchar por alejar de nuestra alma la sensualidad, el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la muerte del pecado para estar debidamente dispuestos a la vida de la gracia. Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado para vivir en la gracia divina. Ahí está el sacramento de la penitencia, el camino para revivir y reconciliarnos con Dios. Por eso, solo hay una celebración que la Biblia manda a los cristianos que observen, y ésa es, el Memorial de la propia muerte de Jesús. La Biblia explica: “Al fin cuando llegó la hora, [Jesús] se reclinó a la mesa, y los apóstoles con él. Y, aceptando una copa, dio gracias y dijo: ‘Tomen ésta y pásenla del uno al otro entre ustedes. También, tomó un pan, dio gracias, lo partió, y se lo dio a ellos, diciendo: ‘Esto significa mi cuerpo que ha de ser dado a favor de ustedes. Sigan haciendo esto en memoria de mí.’”—Luc. 22:14, 17-19. Así, mediante la contemplación del misterio pascual y el concretar propósitos para vivir como verdaderos cristianos, la pasión, muerte y resurrección adquieren un sentido nuevo, profundo y trascendente, que nos llevará en un futuro a gozar de la presencia de Cristo resucitado por toda la eternidad.
¡Dios los bendiga! (HASTA LA PRÓXIMA SDQ)

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